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Fátima 1917. Respuesta del Cielo a la Modernidad

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Manuel de Santiago y González, nace en Goyán, Pontevedra (26-IV-1944). Ingresa en el Seminario Menor de Tuy en octubre de 1957 y en 1959 pasa al Seminario Mayor San José, donde completa el trienio filosófico y el cuadrienio teológico. Es ordenado sacerdote (23-VI-1968) por Fray José López Ortiz, obispo de Tuy-Vigo. Simultanea su ministerio en sucesivas parroquias de la diócesis, con la docencia primero en la Escuela Aloya y siete años más tarde, en la EFA A Cancela (Las Nieves), donde permanece durante 37 años. Publica en la Revista Palabra y en Telmus (publicación del Instituto Teológico San José, Seminario Mayor San José, de la diócesis de Tuy-Vigo). Es licenciado en Ciencias Eclesiásticas y Diplomado en Bioética (Los albores de la Bioética en Pío XII). Publica Mujeres Santas. Testigos del Amor de Dios (Ensayo sobre la mujer en la Edad Media, publicado en Amazon). Traductor del portugués al español de Los Pastorcitos de Fátima de la Editorial San Román. Sobre todo y ante todo, es sacerdote de Jesucristo.

Del prólogo del libro escrito por José Antonio Senovil.

 Pasamos directamente a tratar un último aspecto del mensaje de Fátima: su carácter profético.

Entender el siglo XX, en toda su complejidad, es tarea de titanes. Pero darlo a entender en 1917, a comienzos de siglo, es algo que sólo puede venir del Cielo. Fátima es, como venimos repitiendo, el esfuerzo de una Madre por explicar a sus hijos el peligro que les acecha y marcarles un camino: “no vayáis por ahí porque terminaríais en ese terrible precipicio”; id mejor por ahí, que es camino seguro, y yo os serviré de guía y de refugio…

En este punto, una importante aclaración, explicada magistralmente por el entonces Cardenal Ratzinger (futuro papa Benedicto XVI), entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El cardenal nos explica el alcance de la tercera parte del Secreto de Fátima (Memorias de la Hermana Lucía I, 14ª Edición, pp. 221-226): los católicos creemos en las verdades que se encierran en la Revelación que termina, como explica el Catecismo de la Iglesia Católica (nn.9-10), con la venida de Jesucristo y el don del Espíritu. Todo está dicho ahí, y lo que no está ahí, explícita o implícitamente, no es de fe. Las posteriores revelaciones privadas no pueden aumentar ni quitar nada a la Revelación pública de Dios: sí pueden aclararla, en un momento o lugar determinados, pero sin aumentar ni quitar nada a lo que ya creemos. Fátima es una de esas revelaciones privadas, a las que un católico puede dar su adhesión si quiere… o no: está en su pleno derecho. Pero lo cierto es que Fátima es puro Evangelio: no dice nada que no nos dijera Dios en su Revelación… pero lo dice, en estos momentos difíciles, de un modo muy… maternal. Es lo que intentábamos expresar al principio de estas líneas: Dios siempre está cerca, y a sus hijos en cada época trata de darles las claves para santificarla. Pero hay épocas mucho más complejas, y a nosotros nos ha tocado “gestionar” quizá la época más compleja que haya vivido la Humanidad hasta el momento.

Entre mayo y octubre de 1917 la Virgen dice a los niños todo lo que puede ocurrir si los pecadores no rectifican su conducta y se sigue ofendiendo tanto a Dios. En plena Primera Guerra Mundial, entender su alcance y calibrar cuándo podría acabar era tarea poco menos que imposible: nunca antes el mundo había visto algo así. Coincidiendo con el final de las apariciones del 17, aparece la Revolución Soviética, que dará paso al sistema político más letal para la Humanidad que han visto los tiempos. Todo eso está dicho ya en Fátima. Pero la Virgen lo dice como lo hace una Madre buena y poderosa a sus hijos pequeños: para que no ocurran estos horrores haced esto, decid a la gente esto otro... y, más adelante, el 13 de junio de 1929, pedid al Papa que consagre Rusia a mi Corazón Inmaculado… (Memorias de la Hermana Lucía I, 14ª Edición, pp. 195-196).

Dios ha concedido al sacerdote que suscribe estas líneas la gracia de vivir en Rusia diez años, en los que hemos visto cambios que no se daban… en mil años. He visto cambiar situaciones que parecían inamovibles. Y he podido hablar con algunos de sus protagonistas. O al menos de quienes trabajaban muy cerca de los protagonistas.

Hemos empezado estas reflexiones considerando cómo hay épocas de la historia en la que ocurren muchas cosas en muy poco tiempo. Y que Dios nos presta una ayuda para entenderlas y llevarlas  de nuevo a Él. La Virgen habla de Rusia ya desde la aparición del 17 de julio del 17: “Habéis visto el infierno, adonde van las almas de los pobres pecadores; para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hicieran lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra va a acabar. Pero si no dejan de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche alumbrada por una luz desconocida (en una nota se explica que se trata de la aurora boreal que aconteció en la noche del 25 al 26 de enero de 1938), sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar el mundo por sus crímenes por medio de la guerra, del hambre y de persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Corazón Inmaculado y la Comunión reparadora de los primeros sábados. Si se atendieran mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz: si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz…” (Memorias de la Hermana Lucía I, 14ª Edición, pp. 176-177).

¿Por qué Rusia? La devoción de los cristianos de Oriente a la Madre de Dios (así les gusta llamarla) es conmovedora, ya desde la conversión de la antigua Rus a orillas del Dniéper. Rusia es, innegablemente, un gran país (desde el punto de vista geográfico, el más grande), con una gran riqueza cultural, con profundas raíces cristianas. Rusia es una gran nación, capaz de influir de un modo muy notable en el sucederse de la historia. Quien haya vivido en Rusia habrá podido comprobar cómo quiere Rusia a la Madre de Dios, y cómo quiere María a Rusia (Un camino bajo la mirada de María, Carmelo de Coímbra, Biografía de la Hermana María Lucía de Jesús y del Corazón Inmaculado, p. 214). Basta, como botón de muestra, visitar Moscú o San Petersburgo y ver sus iglesias… o acercarse a rezar y ver rezar delante del icono de la Virgen de Vladimir en la iglesia de san Nicolás, corazón de la Galería Tretiakov de Moscú…

Pasaban los años y Rusia no era consagrada por los papas, como había pedido la Virgen. Y vino la II Guerra Mundial, y el mundo y la Iglesia tuvieron que sufrir mucho, como se había anunciado… Finalmente, después del atentado del 13 de mayo del 81 y de la visita del Papa a Fátima y la entrevista que tuvo allí con Lucía, el Papa Juan Pablo II realizó la consagración que la Virgen había pedido, y como por ensalmo, a partir de ese momento, comenzó a disolverse la Unión Soviética –algo totalmente imprevisto y sorprendente-, que terminó desapareciendo de un modo increíblemente pacífico en pocos años… (Un camino bajo la mirada de María, Carmelo de Coímbra, Biografía de la Hermana María Lucía de Jesús y del Corazón Inmaculado, Ediciones Carmelo, Coímbra, 1ª Reimpresión, marzo 2017, pp. 217-222). Es el poder intercesor de María, si nosotros cumplimos nuestra parte…

Fátima es algo que el Cielo se toma muy en serio: la situación es grave. Fátima es un compromiso. Y un grito de esperanza: dejadme que os ayude… Os doy las armas, para conquistar la paz…  Ése es precisamente el lema que eligió el Papa Francisco con motivo de su peregrinación a Fátima en el Centenario de las apariciones: “Con María, peregrino en la esperanza y la paz”.

Cayó el muro de Berlín, se disolvió sin más daños la Unión Soviética, hubo una apertura y un renacer… y muchos rusos acudieron a bautizarse. Es quizá parte de la conversión de Rusia, a la que se refiere la Virgen en julio del 17. Pero es verosímil pensar que eso no es todo: que la conversión de Rusia se consumará cuando por fin se supere la división entre los cristianos de Oriente y de Occidente que se inició, por motivos más que superados, hace casi un milenio. Decía Juan Pablo II, el Papa santo que vino de la Unión Soviética y que cumplió la petición de la Virgen de consagrar Rusia al Corazón de María, que el pecado de la separación entre los cristianos de Oriente y de Occidente es uno de los pecados que contradicen abiertamente la voluntad de Cristo y que exigen un mayor compromiso de penitencia y de conversión, uno de los mayores escándalos para el mundo (Carta Apostólica “Tertio Millennio Adveniente”, n. 34).  Se trata del mismo Evangelio, cuando recoge esa conmovedora oración de Jesucristo al Padre, poco antes de su pasión, que se cita en el texto de la Consagración que pidió la Virgen: “Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad. No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú Padre en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (San Juan 17, 18-21).

Juan Pablo II cumplió el mandato hacer una consagración el día 25 de marzo de 1984, en unión vía satélite con los obispos de todo el mundo, delante de la imagen de la Virgen de Fátima que se venera en el santuario, trasladada para la ocasión a la Plaza de San Pedro. Y esa consagración cambió el curso de la Historia. Se trata de un texto de una profundidad y una belleza singulares.  Vale la pena leerlo, una y otra vez, quizá renovándolo con el corazón…

Cuando llegué a Rusia en junio 2007 fui a visitar, en calidad de vicario regional del Opus Dei, a la persona que ayudaba al Patriarca de Moscú en las relaciones con las otras iglesias. En su despacho, en el corazón de Monasterio de san Daniel, centro de la ortodoxia rusa, vi que mi interlocutor tenía una imagen de la Virgen de Fátima y una foto con Juan Pablo II. Encontré allí a un hermano, con corazón y mente abiertos, que nos acogió con gran cariño y alegría. Pero eso no era óbice para que, en aquel, momento, cualquier paso de acercamiento entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa Rusa fuera bastante imprevisible. Y mucho menos, un encuentro entre el Papa y el Patriarca: un encuentro que se hacía esperar mil años. Pues bien, todo cambió de repente y el 12 de febrero de 2016, el Patriarca Kiril (Cirilo, como el gran evangelizador de aquellas tierras) y el Papa Francisco se encontraron en la Habana.  He podido valorar el ambiente que rodeó aquel encuentro con algunos de los que estaban allí, y el clima de fraternidad, de entendimiento, de apertura y de esperanza, era humanamente muy notorio, pero sobre todo muy sobrenatural. Se había empezado a resquebrajar un muro, otro muro mucho más viejo y sólido que el de Berlín. Si los cristianos de Oriente y Occidente volvemos a rezar juntos, a trabajar juntos por la paz… quizá será dado al mundo, como la Virgen anunció, un tiempo de paz.

Las páginas que siguen, muy bien estructuradas, servirán al lector para conocer y meditar mucho más sobre Fátima: sobre lo que ya se dio, sobre lo que ya no se dará porque gracias a Dios pertenece definitivamente al pasado (Memorias de la Hermana Lucía I, 14ª Edición, pp. 232-233) y sobre lo que queda por venir: un canto de esperanza.

“Por fin, mi Corazón Inmaculado triunfará”, dijo la Virgen el 17 de julio de 1917. ¿Cuándo veremos ese triunfo del Corazón Inmaculado de María? ¿En qué consiste ese “final” de Fátima, tan esperanzador?  Nos lo explica el propio Cardenal Ratzinger: “La devoción al Corazón Inmaculado de María es, pues, un acercarse a esta actitud del corazón, en la cual el “fiat” –hágase tu voluntad- se convierte en el centro animador de toda la existencia” (Memorias de la Hermana Lucía I, 14ª Edición, p. 233). Esto es lo que nos queda por ver: cómo muchos se convierten de corazón y, siguiendo el ejemplo de María, ponen a Dios como centro de su existencia y ese amor se convierte en el motor de su vida…

Pero aún hay más.  Hablando del curso de la historia, de nuestro presente y de nuestro futuro, sigue diciendo el Cardenal Ratzinger: “El corazón abierto a Dios purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El “fiat” de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque Ella ha introducido en el mundo al Salvador, porque gracias a este “sí” Dios pudo hacerse hombre en nuestro mundo y así permanece ahora y para siempre. El maligno tiene poder en este mundo, lo vemos y lo experimentamos continuamente; él tiene poder porque nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios. Pero desde que Dios mismo tiene un corazón humano y de ese modo ha dirigido la libertad del hombre hacia el bien, hacia Dios, la libertad hacia el mal ya no tiene la última palabra. Desde aquel momento cobran todo su valor las palabras de Jesús: “Padeceréis tribulaciones en el mundo, pero tened confianza, yo he vencido al mundo (San Juan 16,33). El mensaje de Fátima nos invita a confiar en esta promesa” (Memorias de la Hermana Lucía I, 14ª Edición, p. 233).

La Virgen empezó a desvelarnos todos estos misterios a comienzos del  siglo XX. Todo se ha ido cumpliendo a la letra. Según se recogía en el texto de la tercera parte del Secreto, si los hombres no abandonaban el mal camino, el papa moriría en un ataque violento y se desencadenaría una guerra nuclear devastadora: pero no ocurrió así y si Dios quiere y nosotros lo pedimos con fe, ya no ocurrirá (Memorias de la Hermana Lucía I, 14ª Edición, pp. 228-233). Viendo cómo la Virgen de Fátima cumple siempre sus promesas y es capaz de evitar lo peor (si así se lo pedimos sus hijos) podemos pensar que, adelantar esos tiempos de paz está en nuestras manos. Mejor dicho: en las manos de la Virgen, pero Ella está siempre a nuestro lado. No hay que temer.

Fátima es, para quien así lo sepa ver, el Evangelio contemplado y vivido en nuestros días. Las palabras de Jesús que acabamos de citar “Tened confianza, yo he vencido al mundo” (San Juan 16, 33), encuentran en nuestros días un eco en las de su Madre, la Virgen de Fátima: “No te desanimes. Yo nunca te abandonaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios”.